lunes, 3 de septiembre de 2012

Marshall.

Podía verla allá abajo con ese hombre.
Asi la observaba, mientras tensaba la mandíbula y bebía otro trago para frenar aquel sentimiento de impotencia pura. El silencio de la habitación era interrumpido de vez en cuando por el crujido del vaso que sostenía. No se daba cuenta que el sonido se estaba haciendo más frecuente a medida que más tenso se ponía.
La mujer sacudía su cabello y batía sus largas pestañas al dedicarle a ese hombre el mismo pequeño puchero que hacia cuando él jugueteaba con ella. Veía el espectáculo de todo aquello que amaba que hiciere, todo, dedicado a otro.
Y no era capaz hacer absolutamente nada.
Un amigo se acercó a servirle otro vaso de vodka sin pronunciar palabra. Era su hermano quien estaba allí abajo con la mujer, susurrándole cosas al oído que la hacían reír, tironeando su cabello y mordiendo sus labios. Lo único que le quedaba por hacer para tranquilizar a su compañero era una cosa: servir más y más alcohol.
Una gota de sudor se resbaló por su frente mientras bebía para mitigar la ira. Pero cuando llegaba al fondo del vaso era inevitable seguir viendo la detestable escena; él y ella, seduciéndose sin ningún tipo de reticencia, de memoria, de consideración. El sonido de su lenta respiración hacia que a los demás le corriera un terrible escalofrío a través de la columna. Nadie se animaba a hacer nada, salvo emborracharse con él e intentar no hacer obvio el morbo que les daba observar aquel episodio.
Ella tomó al hombre de la cara y lo beso lenta, profundamente.
Otro trago para él.
Escuchar la risa de su amante lo enfermaba. Ambos lo estaban disfrutando. Y ella sabía perfectamente lo que hacía; clavar dolorosamente un cuchillo en su orgullo, en su corazón.
Como la adrenalina mitiga el dolor, la ira era, de manera extraña, el analgésico que evitaba que bajara y estrellara la cabeza de ambos contra el ventanal. No era sabio, no debía mostrar su enojo a ninguna de las personas de la habitación. Pero era inevitable.
La voz del hombre se hacía rasposa mientras le hablaba lentamente al oído y rodeaba su pequeñísima cintura con unas manos que serían capaces de destrozarla. Besaba su cuello, olía su piel con aquel perfume parecido al del jazmín.
Sus manos temblaban. Quería dejar de mirar, dejar de torturarse. Irse. Se estaba volviendo loco.
Las manos del hombre se deslizaron por sus piernas y levantaron su vestido parsimoniosamente.
Entre sus suspiros, escuchó que ella mencionó por lo bajo su nombre, seguido de una risa burlona y horrible.
El vaso que estaba sosteniendo se rompió en mil pedazos que se le acabaron incrustándo. Pudo sentir el calor de su propia sangre resbalarse por su mano. Los demás lo miraron entre consternados y entretenidos.
Se apoyó contra el vidrio.
Los amantes habían avanzado hasta la cama, donde se enlazaban y se retorcían, cambiando de ritmo, disfrutando de su pasión.
Pidió otro trago con voz temblorosa. Lo engulló lo más rápido que pudo. La muy perra jamás había gritado así con él. Jamás le había dicho que lo amaba, que era el único para ella.
Alguien se le acercó para decirle que debía hacer algo con su mano. Lo tomó de la solapa de su saco enterrándose más los pedazos de vidrio y le ordenó que le diera otro trago más. Lo empujó hacia atrás, provocando que su interlocutor cayera estrepitosamente sobre una mesa de madera.
El cabello leonino de la mujer yacía sobre el lecho tendido, y formaba una hermosa lluvia azabache sobre las sábanas. Recordó su textura suave, cómo sus bucles se enredaban entre sus dedos, el brillo del sudor de su rostro mientras la tenía tan cerca. Se preguntó como algo tan hermoso podía ser tan vil y descarado.
El tiempo pasaba, los amantes se habían quedado descansando en la cama antes de volver al a reunión.
Nadie excepto su amigo y él se habían quedado en la habitación. No podía sacar los ojos de ella. Tenía una sonrisa estampada en la cara, una que él no conocía, una que él jamás se había ganado.
- Tienes que entender que…- Su compañero se animó por primera vez a interrumpir.
- ¿Entender? ¿Qué? - Le espetó con una voz que le temblaba por la furia.
- Ella se merecía algo mejor.- Concluyó cruelmente. – Tu mismo lo decías. Jamás podrías hacerla sentir lo que él puede.-
Se dio vuelta para encararlo. La imagen de los dos amantes se le había grabado en la retina y el alcohol no dejaba su visión en paz. Su amigo estaba serio. – Esto no vale la pena. Tu fuiste quien eligió observar.-
- Tenía que…- Tartamudeó. ¿Tenía que qué? Ni siquiera sabía bien porque quería verlo todo. Como ella amaba a otro, como ella se entregaba completamente a otra persona. Quizá fuere porque no podía creerlo del todo.