Creo que es tan imposible describir con exactitud la combustión que
provoca la ira con la tristeza , como imposible es intentar descifrar y premeditar
las primeras palabras en un cuaderno en blanco.
Y es tan inevitable
regodearse en tu sonrisa perversa mientras tallo mis pensamientos en estas
páginas.
En realidad lo que más deseo
es escribir tu definición: creo que los hombres del mundo deberían estar
advertidos de tu especie.
No…no y no. Eso suena
despechado.
No estoy despechado, a pesar de que eso sería entendible; soy un
mísero patético. ¿Qué es lo que
quiero entonces? ¿Desahogarme? Tengo el sentimiento, por no decir la vocación,
de mostrarle a alguien lo que hiciste. Creo que es casi increíble la manera en
que afectas a las personas; los confundes, emborronas sus límites, los lanzas a
una libertad inexplicable…
Otra vez me estoy
equivocando.
Creo que podía visualizarte
casi como un demonio: sonríes, me haces perder... a pesar de que siempre, en la parte de
atrás de mi cabeza, algo me dice que estoy haciendo algo peligroso. No quiero
que nadie me malinterprete, no fui engañado; siempre uno está siendo advertido.
Tus labios, tus pequeños pechos, esa cinturita de avispa que me hace sentir un
gigante cuando la rodeo con mis manos…todo tu conjunto altera mis sentidos y no
hace más que despertar una desesperación para huir de ti. Es entonces cuando mi
instinto humano que hipnotizaste mágicamente me hace notar que mis pies son de
piedra y mi corazón tuyo.
Qué imbécil. Hablando de
sentimientos, cuando yo hago acopio de poder manipularlos y moldearlos a mi
propio placer.
A los 15 años aprendí a tocar
la guitarra. Eléctrica. Es allí cuando aprendí ese movimiento de dandy, el de
tocar una melodía tranquila, dejar que esas pequeñas ninfas se acercaran
soltando sus feromonas, mirar a mi presa y sonreírle. Esa sonrisa que no falla,
que las hace sentir únicas a esas imbéciles.
No digo que siempre me haya sido fácil: pero una mujer no es más que una
niña grande, y los mismos viejos trucos que empleaba en mi adolescencia siguen
sirviendo cuando toco en esos eclécticos bares mientras ellas se emborrachan de
placer.
Voy a dejar algo en claro: la
música no es mi manía. Tampoco las mujeres. Ni los hombres, he de aclarar. Creo
que me dedique a esto solamente para poder notar la reacción de las personas.
¿Qué locura no? Ni músico
bohemio ni mujeriego empedernido. ¿En dónde encajo?
No me quejo para nada: tengo
mi departamento felizmente amueblado, con últimas tecnologías y demás chucherías:
cinco guitarras de mejor calidad, ocho tipo diferentes de amplificadores y una
isla de grabación que haría envidiar a muchos estudios. Sillones negros y una cama de dos plazas para cuando tengo
compañía.
Nunca me falto nada. Ni
mujeres, ni dinero, ni salud. No lloro por nadie, aunque debo admitir que he
amado y perdido. Pero todo siempre encajó tan bien, con sus causas y
consecuencias, que la verdad no podría
arrepentirme nunca de lo que hice. A las pérdidas les dedique un par de baladas melancólicas, unas
borracheras terribles y varios lloriqueos inconsolables. Tanto como llego el amor.
“Divagas divagas siempre
divagas”, así te quejabas siempre. Bueno querida mía, creo que si no me
dedicaba una presentación mi ego estaría algo afectado. Me has enfermado tanto que puedo escuchar tu
voz reprimiéndome por toda cosa que encontrabas molesta de mi ser. Quiero mandarte al infierno de una buena vez
perra. Así que lentamente voy a escribir tu sentencia. Divagando, solo para
molestarte.
Era una tarde de verano. Había huido una vez más de la quietud de mi estupefacto apartamento y me encontré en un delicioso bar del centro. Cuando me senté, observé el panorama que me rodeaba. Un grupo de viejas amigas se había juntado, custodiada por esposos que ya estaban cansados de ver esas mismas, repetidas y charlatanas caras. Esbocé una sonrisa mientras me felicitaba a mi mismo por seguir soltero.
"Hola, ¿precisa algo?", escuché una voz monótona detrás mío. ¿Qué esperaba? ¿Un ángel caído? Quizás. Nunca desaproveché el tiempo para esas cosas. Alguna inspiración, aquella musa descartable que me sirviera para reescribir un par de canciones que consideraba paupérrimas. Pero al darme vuelta, no era otra que esas jovencitas carentes de color, hechas del más fino celofán, y las cuales se desvanecen a la más mínima intención de sonreír. Ordené un sobrio café expresso y pedí permiso para tocar en volumen muy bajo a Jesse, una de mis guitarras predilectas. No con esas palabras claro, sino más bien con algo menos poético.
Es gracioso cómo los músicos nos empeñamos en insuflar vida a las cosas que parecieran inanimadas. Un instrumento o un cuerpo aburrido.
Mientras pensaba en esta reflexión, me hundía cada vez más en las cuerdas que sonaban con una armonía inigualable. Cerré los ojos, siguiendo el sonido que el gentío que ocupaba el bar me proporcionaba y hacía sonar a Jesse de una manera que suavizara y convirtiera en prosa aquellos parloteos interminables, esas risas escandalosas, esas…gotas de lluvia. El cielo me proporcionó un muy buen material aquél día. Mientras las gotas golpeaban suavemente la sombrilla de la mesa, yo aceleraba o disminuía el tempo de mis acordes, mis notas, mis dedos y me veía seduciendo a cualquier solitario espectador que precisaba consuelo.
Abrí los ojos para llenar de color lo que en mi mente aún no tenía forma de imagen.
Y allí estaba ella. Mirando de soslayo, casi como tímida, hermosa. Tenía el cabello corto, negro, al estilo garçon. Sus ojos gigantes con pestañas prominentes y sus labios carnosos pintados de rojo se estaban llevando mi alma...
Escuché un sonido metálico que no me era desconocido.
Ardor. Una sustancia se deslizaba de mi mano a medida que una punzada de dolor corría a través de mis nervios hasta llegar en forma de jadeo a mi boca. Miré hacia abajo. Mi cuerda sol se había cortado de pronto. Con un efecto de látigo llegó a mi mano izquierda produciendo una herida que en el momento no podía juzgar su profundidad.
Me irrité de sobremanera. Las cuerdas eran nuevas y aparentemente una estafa. La descolorida mesera se acercó preocupada pero con un gruñido la mandé a traer la cuenta. La gente miraba. Su estúpida inclinación por lo grotesco me irritaba mientras guardaba a Jesse en su estuche.
Y recordé que estaba admirando una bella morocha. Alcé la vista para hablarle sin palabras. Levanté las cejas y me encogí de hombros, en señal de impotencia, y me respondió con una mueca que simulaba ser una sonrisita con algo de empatía.
Algo de ella...
Algo de ella me asustaba. No era precisamente la mujer más hermosa que he contemplado. Pero tenía un atractivo especial. Quizás así se sienten las moscas cuando se dirigen a esa pegajosa telaraña que escribe su predecible sentencia.
Uno diría que después de tanto tiempo, los insectos se darían cuenta de aquellas terribles verdades.
Uno diría que los hombres se darían cuenta cuando observan su completa perdición en una mujer. No hay nada original ni nuevo en esas dos situaciones.
Uno diría que como artista, mi superstición debería haberme gritado que la ruptura de esa cuerda en aquel momento, era un crucial presagio de mi tortura posterior.
Pero ese día me fui a mi casa con la mano envuelta en un trapo manchado de rojo y con el corazón algo más perdido que de costumbre.