miércoles, 31 de octubre de 2012

Para Elisa.


   Creo que es tan imposible describir con exactitud la combustión que provoca la ira con la tristeza , como  imposible es intentar descifrar y premeditar las primeras palabras en un cuaderno en blanco.
    Y es tan inevitable regodearse en tu sonrisa perversa mientras tallo mis pensamientos en estas páginas.
    En realidad lo que más deseo es escribir tu definición: creo que los hombres del mundo deberían estar advertidos de tu especie.
    No…no y no. Eso suena despechado.
    No estoy despechado,  a pesar de que eso sería entendible; soy un mísero patético. ¿Qué es lo que quiero entonces? ¿Desahogarme? Tengo el sentimiento, por no decir la vocación, de mostrarle a alguien lo que hiciste. Creo que es casi increíble la manera en que afectas a las personas; los confundes, emborronas sus límites, los lanzas a una libertad inexplicable…
   Otra vez me estoy equivocando.
   Creo que podía visualizarte casi como un demonio: sonríes, me haces perder... a pesar de que siempre, en la parte de atrás de mi cabeza, algo me dice que estoy haciendo algo peligroso. No quiero que nadie me malinterprete, no fui engañado; siempre uno está siendo advertido. Tus labios, tus pequeños pechos, esa cinturita de avispa que me hace sentir un gigante cuando la rodeo con mis manos…todo tu conjunto altera mis sentidos y no hace más que despertar una desesperación para huir de ti. Es entonces cuando mi instinto humano que hipnotizaste mágicamente me hace notar que mis pies son de piedra y mi corazón tuyo.
   Qué imbécil. Hablando de sentimientos, cuando yo hago acopio de poder manipularlos y moldearlos a mi propio placer.
   A los 15 años aprendí a tocar la guitarra. Eléctrica. Es allí cuando aprendí ese movimiento de dandy, el de tocar una melodía tranquila, dejar que esas pequeñas ninfas se acercaran soltando sus feromonas, mirar a mi presa y sonreírle. Esa sonrisa que no falla, que las hace sentir únicas a esas imbéciles.  No digo que siempre me haya sido fácil: pero una mujer no es más que una niña grande, y los mismos viejos trucos que empleaba en mi adolescencia siguen sirviendo cuando toco en esos eclécticos bares mientras ellas se emborrachan de placer.
    Voy a dejar algo en claro: la música no es mi manía. Tampoco las mujeres. Ni los hombres, he de aclarar. Creo que me dedique a esto solamente para poder notar la reacción de las personas.
   ¿Qué locura no? Ni músico bohemio ni mujeriego empedernido. ¿En dónde encajo?
   No me quejo para nada: tengo mi departamento felizmente amueblado, con últimas tecnologías y demás chucherías: cinco guitarras de mejor calidad, ocho tipo diferentes de amplificadores y una isla de grabación que haría envidiar a muchos estudios. Sillones negros y una cama de dos plazas para cuando tengo compañía.
  Nunca me falto nada. Ni mujeres, ni dinero, ni salud. No lloro por nadie, aunque debo admitir que he amado y perdido. Pero todo siempre encajó tan bien, con sus causas y consecuencias, que la verdad no podría arrepentirme nunca de lo que hice. A las pérdidas les dedique un par de baladas melancólicas, unas borracheras terribles y varios lloriqueos inconsolables.  Tanto como llego el amor.

   “Divagas divagas siempre divagas”, así te quejabas siempre. Bueno querida mía, creo que si no me dedicaba una presentación mi ego estaría algo afectado.  Me has enfermado tanto que puedo escuchar tu voz reprimiéndome por toda cosa que encontrabas molesta de mi ser.  Quiero mandarte al infierno de una buena vez perra. Así que lentamente voy a escribir tu sentencia. Divagando, solo para molestarte.


    Era una tarde de verano. Había huido una vez más de la quietud de mi estupefacto apartamento y me encontré en un delicioso bar del centro. Cuando me senté, observé el panorama que me rodeaba. Un grupo de viejas amigas se había juntado, custodiada por esposos que ya estaban cansados de ver esas mismas, repetidas y charlatanas caras. Esbocé una sonrisa mientras me felicitaba a mi mismo por seguir soltero.
 "Hola, ¿precisa algo?", escuché una voz monótona detrás mío. ¿Qué esperaba? ¿Un ángel caído? Quizás. Nunca desaproveché el tiempo para esas cosas. Alguna inspiración, aquella musa descartable que me sirviera para reescribir un par de canciones que consideraba paupérrimas. Pero al darme vuelta, no era otra que esas jovencitas carentes de color, hechas del más fino celofán, y las cuales se desvanecen a la más mínima intención de sonreír. Ordené un sobrio café expresso y pedí permiso para tocar en volumen muy bajo a Jesse, una de mis guitarras predilectas. No con esas palabras claro, sino más bien con algo menos poético. 
   Es gracioso cómo los músicos nos empeñamos en insuflar vida a las cosas que parecieran inanimadas. Un instrumento o un cuerpo aburrido.
  Mientras pensaba en esta reflexión, me hundía cada vez más en las cuerdas que sonaban con una armonía inigualable. Cerré los ojos, siguiendo el sonido que el gentío que ocupaba el bar me proporcionaba y hacía sonar a Jesse de una manera que suavizara y convirtiera en prosa aquellos parloteos interminables, esas risas escandalosas, esas…gotas de lluvia. El cielo me proporcionó un muy buen material aquél día. Mientras las gotas golpeaban suavemente la sombrilla de la mesa, yo aceleraba o disminuía el tempo de mis acordes, mis notas, mis dedos y me veía seduciendo a cualquier solitario espectador que precisaba consuelo.
 Abrí los ojos para llenar de color lo que en mi mente aún no tenía forma de imagen.
 Y allí estaba ella. Mirando de soslayo, casi como tímida, hermosa. Tenía el cabello corto, negro, al estilo garçon. Sus ojos gigantes con pestañas prominentes y sus labios carnosos pintados de rojo se estaban llevando mi alma...
 Escuché un sonido metálico que no me era desconocido. 
 Ardor. Una sustancia se deslizaba de mi mano a medida que una punzada de dolor corría a través de mis nervios hasta llegar en forma de jadeo a mi boca. Miré hacia abajo. Mi cuerda sol se había cortado de pronto. Con un efecto de látigo llegó a mi mano izquierda produciendo una herida que en el momento no podía juzgar su profundidad. 
 Me irrité de sobremanera. Las cuerdas eran nuevas y aparentemente una estafa. La descolorida mesera se acercó preocupada pero con un gruñido la mandé a traer la cuenta. La gente miraba. Su estúpida inclinación por lo grotesco me irritaba mientras guardaba a Jesse en su estuche.
 Y recordé que estaba admirando una bella morocha. Alcé la vista para hablarle sin palabras. Levanté las cejas y me encogí de hombros, en señal de impotencia, y me respondió con una mueca que simulaba ser una sonrisita con algo de empatía.
 Algo de ella...
 Algo de ella me asustaba. No era precisamente la mujer más hermosa que he contemplado. Pero tenía un atractivo especial. Quizás así se sienten las moscas cuando se dirigen a esa pegajosa telaraña que escribe su predecible sentencia. 
 Uno diría que después de tanto tiempo, los insectos se darían cuenta de aquellas terribles verdades.
 Uno diría que los hombres se darían cuenta cuando observan su completa perdición en una mujer. No hay nada original ni nuevo en esas dos situaciones.
 Uno diría que como artista, mi superstición debería haberme gritado que la ruptura de esa cuerda en aquel momento, era un crucial presagio de mi tortura posterior.
 Pero ese día me fui a mi casa con la mano envuelta en un trapo manchado de rojo y con el corazón algo más perdido que de costumbre.



domingo, 28 de octubre de 2012

Misha.

Un problema reflexivo interno. ¿La gente se percatará del ritmo que le quiero poner a lo que escribo? A veces me da la sensación que si uno no se detiene en las pausas y repeticiones, si uno lo lee de corrido y sin una entonación, se pierde parte de lo escrito.
Me molesta, me da pánico. Es como dar una partitura sin el compás.
Escribí escuchando esto: http://www.youtube.com/watch?v=PPtSKimbjOU
Si se puede, leer también escuchándolo. Quizás ayude con el tema del ritmo.
... O quizás simplemente son delirios míos.

MISHA

   El dolor lo carcomía. Venía desde afuera, inundando cada centímetro de su piel. Venía desde adentro, provocado por la combustión mítica del vivir. Venía de todos lados y era imposible escaparse. ¿ El dolor lo había sentido siempre, desde el momento en que nació? ¿Era una réplica del sonido que hacían sus pulmones al respirar?  A veces éste se convertía en color, en una luz que parecía haber estado grabada en su retina al momento que cerró sus ojos por última vez.
   ¿Estaba alucinando?
   El color se convertía en sonido. Retumbaba en sus oídos, su mente lo reproducía más de mil veces. Pero todo eso estaba más allá de su entendimiento. ¿Qué era él? ¿Tenía forma? ¿La había tenido alguna vez?
   Su mente no coordinaba las sensaciones entrópicas que a veces se transformaban en una unidad que lo atormentaba sin descanso. Perdía la esperanza de vez en cuando pero una voz  –una que sentía familiar- lo hostigaba a sobrevivir, a crecer, a volverse más fuerte. Construirse desde el dolor.
  Era su propia voz quien lo alentaba a vivir, llena de amargura. Esa voz, era un recuerdo que se había propuesto hace mucho tiempo. Se parecía a la de su padre que lo retaba a volverse menos patético. La de su madre que lo instigaba a ser perfecto.
  Pero no quería vivir por esas, que hace tiempo habían muerto. Aquellas personas le habían quitado el alma, el sentimiento, la razón de ser para sí. Lo habían vuelto instinto.
  ¿Por qué fuerza estaba con vida?
  El color se tornaba rojo. ¿Qué era rojo? ¿El cielo? ¿La luna? ¿La libertad? ¿La supervivencia?
  Sus pensamientos estaban vacíos. No comprendía si no sentía. Y en ese momento sentía el color, filtraba el sonido.
  Un juego de luces. Una risotada.
  No era su risa. Pero siempre había estado ahí. A veces se reproducía triste, a veces burlona y muchas veces cínica.
  Tampoco vivía por esas.  ¿Quién era?
  De a poco, el color y la forma se volvieron uno. El sonido envolvía el engendro dándole significado. Éste iba directamente a su alma y evocaba algo nuevo, algo que le fue difícil de procesar. Cuando finalmente encontró sentido, vio imágenes.
   Un niño pequeño corriendo por la nieve. Llevaba las manos llenas de sangre mientras reía paranoico. Algo estaba mal, pero bien, muy bien al mismo tiempo.
  Gritos enojados, la imagen se sacudía. Un hombre muy alto, con su mismo cabello, sus mismos ojos, su misma piel y olor.  Sus manos gigantes  tomaron las suyas y parecían aplastarlas. Sus ojos, encendidos por la furia, lo aterrorizaban.
  Otra imagen.  Una mujer de cabello oscuro que le hablaba de manera extraña. Entonaba palabras que no entendía y lo incitaba a hablar igual. No le interesaba. La mujer lo tomó del rostro y le preguntó si escuchaba.
  Ridículo, no tenía rostro.
  … ¿O era que lo había perdido?
  La mujer lo miraba a los ojos en una mezcla de amor y desesperación. Repitió su pregunta. Lo animó, con cierta crueldad, a que le contestara en el mismo código incomprensible. Él estaba concentrado en otra cosa. En el dolor. En el color rojo del fuego de la chimenea.
  Fuego en su mejilla cuando lo golpeó. Fuego en sus manos de cuando estas amortiguaron la caída al suelo. Fuego en su cuero cabelludo cuando tiraban de él para que se incorporara. Su furia era del mismo azul que los ojos de su padre.
 No, no era por ellos que estaba vivo.
  Una combustión poderosa reclamó su cuerpo.  Una energía que ponía en vela a todos los sentidos. La impotencia del sexo limitado por la falta de devoción. La sensación no tenía expresión. Era vacio, carente de unidad. Otra vez, él vuelto instinto.
  El cielo estrellado conformó un nuevo panorama mental. Algo le hacía cosquillas. El cabello de una muchacha muy rubia estaba pasando entre sus dedos. Ella lo miraba divertida con las mejillas encendidas. Pero en su pecho había un sentimiento errado, muy lejos de la ternura. Era orgullo, era dominación. No era su igual.
  La respiración se le entrecortaba. ¿Acaso no había nada por lo que seguir respirando dolor? ¿Por qué lo seguía haciendo?
  La risotada, una vez más.
  ¿Era suya? Sí. A veces lo era.
  Algo ya vivido.
  Otra vez, rojo.
  Rojo, azul, amarillo, verde. Sus sentidos se confundían. Algo se mezclaba con su sangre y lo atontaba. El dolor se calmaba pero volvía con el doble de fuerza.
  Habría que duplicar la dosis la próxima vez. Pero la próxima no sentiría el efecto.
  Tiraba la aguja que le colgaba en el brazo, enojado. Se quedaba quieto, mientras la forma ya no era forma, el color era sonido, el olor era  tacto.
  Estaba perdido, lo sabía. Ya no le importaba.
  Pero no, había vuelto aquel color.
  Rojo, que se volvía sonido. Que se volvía esa risotada. Se volvía la voz de una mujer que ronroneaba su nombre. Una mujer que lo desaprobaba, a quien asqueaba.
  Recordó que tenía un estómago cuando éste se retorció ante la memoria.Era ella, la de la risotada. ¿Cómo se llamaba? ¿Quién era?
  Ella era todo su potencial, toda su energía.
  Una mueca de desprecio era lo que su boca formaba.
  Él no era lo suficientemente fuerte para ella. Era la primera vez que era inferior.
  Una extraña sensación, esa que le decía que había encontrado a alguien que había perdido, parecida a caer al vacío. La precisaba, necesitaba de ella. ¿La había tenido alguna vez?
  Sí. Sonidos de cadenas. Una aguja que llenaba con una precisión robótica. Los ojos de la mujer lo miraban con odio mientras él intentaba explicarle porqué ella estaba allí, porqué ella tenía que estar con él.
  Había algo mal en todo aquello. Demasiado mal y lo sabía. No podía hacer caso omiso.  No bastaba drogarse y confundir sus sentidos para salir de esa razón. Pero si no podía tenerla, no quería tener nada. Su alma no tenía forma, no tenía motivo.
  Si la voz de la mujer se extinguía, él también lo haría.
  ¿Era ese su final? ¿Fue así como terminó en ese estado?
  Ella le hablaba insistente. Las lágrimas caían por sus ojos mientras su rostro se convertía en una máscara trágica. Rogaba por su vida. Rogaba porque dejara esa jeringa a un lado.
  El dolor se intensificaba. Le decía todo lo que quería escuchar. Lo engañaba.
  Pero en ese momento no quería pensar en eso.
  Ella le prometió un día fascinante. La luz se traslucía por sus cabellos anaranjados. Sus labios lo besaban casi con ternura. Todo era suyo excepto sus ojos, que no reprimían la verdad.
  Comprendió entonces el dolor constante que sentía. Era del mismo color que sus ojos, la misma sensación reprimida.
  Era odio.
  Ella no lo amaba. No lo quería ni soportaba. Ella solo quería vivir, y lejos, muy lejos de él.
  Jamás había sentido tanto dolor. La dejó ir.  
  Y encontró la promesa que lo mantenía respirando mientras recordaba.
  Él viviría y lo haría hasta que ella comprendiera que jamás habría alguien más.
  Un espasmo hizo temblar su cuerpo. Era la primera vez que algo se comprimía más allá de la forma. Era realidad.
  Engañó a la familia de la muchacha. Se comprometió con su hermana. La convirtió en la villana, destrozó su vida.
  Pero…
  Algo sucedió. Algo imposible.
  Él había logrado quebrarla. Él recordaba las cadenas, recordaba la tristeza.
  Pero ella había regresado a pesar de todo. Y no sólo eso.
  Ella lo amaba.
  Al fin, después de tanto tiempo.
  Pero mientras acariciaba su espalda desnuda, el dolor renacía en forma de duda.
 “¿Otra vez me está engañando?”
  Volvió a sentir fuego en su pecho. La chica tenía su mano allí y sus padres servían de público. Un fuego devastador que comenzaba quemando su corazón y que se propagaba por sus venas.
  La luz se apagaba para no volver a encenderse.
  O era lo que suponía.
 Estuvo ciego por mucho tiempo. Los estímulos exteriores se hacían más claros gracias a ello.
  Voces de hombre. La voz de su mentor.
  Pero era extraño. No eran recuerdos, alguien le hablaba en realidad.
  Eligió ignorarlo.
  ¿Quién le hablaría a un color, a un sonido?
  Se recordó como el muchacho desesperado. Estaba encerrado en aquella habitación en el sótano de una mansión imponente. La nieve caía afuera mientras sus padres, en los pisos superiores, reían a carcajadas con sus hermanos.
  Ella venía de vez en cuando, a veces arrepentida, otras enojada.
  Y la odiaba. No podía evitarlo.
  Siguió odiándola hasta que logró liberarse.
  Adrenalina. La primera vez que asesinaba a alguien.
  ¿...?
 No, no. La primera vez que había sentido algo por terminar la vida de alguien.
 Los ojos de su hermano menor lo miraban impertérritos hasta encontrar la mirada de su madre. El grito fue silenciado por un ruido mayor.
 Un sonido que provenía del mismo revólver que asesinó a su progenitor.
 ¿Qué color había visto esa vez
 ¿Qué sonido había tomado forma?
 Era frenesí. Un frenesí de triunfo.
 Un frenesí que volvió a encontrarla a ella, que era por quien vivía.
 Era el rey del mundo. Al fin. Todo el mundo se inclinaba ante él, nadie podía negarle nada.
 Heredero de la vida de sus padres, dictador de sus pares.
 Y al fin, después de tanto tiempo, su igual.
 No le sorprendió que ella se resistiera, por un tiempo. Era testaruda pero eso le gustaba. Le gustaba que se resistiera a él.
 La odiaba tanto. Le amaba tanto.
 Y él era todo por ella. Todo en lo que se había convertido, toda su vida parecía una sonata de devoción a aquella mujer que con una risotada cambiaría su impulso tanático de autodestrucción, por aquel que lo llevaba a controlar y dominar todo.
 Quizás eso fuese parecido.
 Las voces de afuera, aquellas insanas, se volvían más potentes.
 Sintió lástima por el viejo mentor, había perdido la cordura.
 ¿A quién le hablaba?
 Repetía el nombre.
 Una frase.
 Una verdad.
 El odio jamás se acabaría. Su devoción estaba completamente entrelazada con aquel cúmulo energético.
 Ya no sobrevivía por la risotada. Ni por su rostro, ni por el tacto de su piel.
 Ni por el color naranja de su pelo.
 El amor había sido dividido por cero. Era un agujero negro indefinido.

 -Sigues vivo. Lo sé. Yo te enseñé a sobrevivir a esto.- Rezaba esa voz descascarada.

 Sí, lo sabía. Sí, seguía vivo. Quería verle. Quería tomarla del rostro y besarla hasta que sus labios se consumieran. Cada vez que ella le desaprobaba, cada vez que ella se sentía asqueada por él, ése era el impulso. El impulso de mejorar por ella, de sobrevivir. De ser su par.
 La odiaba con el color del dolor.
 Abrió el ojo que le quedaba tras aquel disparo que debería de haber sido fatal. El impacto era el color grabado en su retina. Ahora parecía una niebla.
 Jamás en su vida olvidaría la cara insensible de la mujer cuando le disparó.
 Ella ya no era su igual. Ella no habría sobrevivido.
 El dolor lo carcomía.  Venía desde afuera, inundando cada centímetro de su piel. Venía desde adentro, provocado por la combustión mítica del vivir. Venía de todos lados y era imposible escaparse. ¿El dolor lo había sentido siempre, desde el momento que nació? ¿Era una réplica del sonido que hacían sus pulmones al respirar?
  …
  …
  Sí.