domingo, 28 de octubre de 2012

Misha.

Un problema reflexivo interno. ¿La gente se percatará del ritmo que le quiero poner a lo que escribo? A veces me da la sensación que si uno no se detiene en las pausas y repeticiones, si uno lo lee de corrido y sin una entonación, se pierde parte de lo escrito.
Me molesta, me da pánico. Es como dar una partitura sin el compás.
Escribí escuchando esto: http://www.youtube.com/watch?v=PPtSKimbjOU
Si se puede, leer también escuchándolo. Quizás ayude con el tema del ritmo.
... O quizás simplemente son delirios míos.

MISHA

   El dolor lo carcomía. Venía desde afuera, inundando cada centímetro de su piel. Venía desde adentro, provocado por la combustión mítica del vivir. Venía de todos lados y era imposible escaparse. ¿ El dolor lo había sentido siempre, desde el momento en que nació? ¿Era una réplica del sonido que hacían sus pulmones al respirar?  A veces éste se convertía en color, en una luz que parecía haber estado grabada en su retina al momento que cerró sus ojos por última vez.
   ¿Estaba alucinando?
   El color se convertía en sonido. Retumbaba en sus oídos, su mente lo reproducía más de mil veces. Pero todo eso estaba más allá de su entendimiento. ¿Qué era él? ¿Tenía forma? ¿La había tenido alguna vez?
   Su mente no coordinaba las sensaciones entrópicas que a veces se transformaban en una unidad que lo atormentaba sin descanso. Perdía la esperanza de vez en cuando pero una voz  –una que sentía familiar- lo hostigaba a sobrevivir, a crecer, a volverse más fuerte. Construirse desde el dolor.
  Era su propia voz quien lo alentaba a vivir, llena de amargura. Esa voz, era un recuerdo que se había propuesto hace mucho tiempo. Se parecía a la de su padre que lo retaba a volverse menos patético. La de su madre que lo instigaba a ser perfecto.
  Pero no quería vivir por esas, que hace tiempo habían muerto. Aquellas personas le habían quitado el alma, el sentimiento, la razón de ser para sí. Lo habían vuelto instinto.
  ¿Por qué fuerza estaba con vida?
  El color se tornaba rojo. ¿Qué era rojo? ¿El cielo? ¿La luna? ¿La libertad? ¿La supervivencia?
  Sus pensamientos estaban vacíos. No comprendía si no sentía. Y en ese momento sentía el color, filtraba el sonido.
  Un juego de luces. Una risotada.
  No era su risa. Pero siempre había estado ahí. A veces se reproducía triste, a veces burlona y muchas veces cínica.
  Tampoco vivía por esas.  ¿Quién era?
  De a poco, el color y la forma se volvieron uno. El sonido envolvía el engendro dándole significado. Éste iba directamente a su alma y evocaba algo nuevo, algo que le fue difícil de procesar. Cuando finalmente encontró sentido, vio imágenes.
   Un niño pequeño corriendo por la nieve. Llevaba las manos llenas de sangre mientras reía paranoico. Algo estaba mal, pero bien, muy bien al mismo tiempo.
  Gritos enojados, la imagen se sacudía. Un hombre muy alto, con su mismo cabello, sus mismos ojos, su misma piel y olor.  Sus manos gigantes  tomaron las suyas y parecían aplastarlas. Sus ojos, encendidos por la furia, lo aterrorizaban.
  Otra imagen.  Una mujer de cabello oscuro que le hablaba de manera extraña. Entonaba palabras que no entendía y lo incitaba a hablar igual. No le interesaba. La mujer lo tomó del rostro y le preguntó si escuchaba.
  Ridículo, no tenía rostro.
  … ¿O era que lo había perdido?
  La mujer lo miraba a los ojos en una mezcla de amor y desesperación. Repitió su pregunta. Lo animó, con cierta crueldad, a que le contestara en el mismo código incomprensible. Él estaba concentrado en otra cosa. En el dolor. En el color rojo del fuego de la chimenea.
  Fuego en su mejilla cuando lo golpeó. Fuego en sus manos de cuando estas amortiguaron la caída al suelo. Fuego en su cuero cabelludo cuando tiraban de él para que se incorporara. Su furia era del mismo azul que los ojos de su padre.
 No, no era por ellos que estaba vivo.
  Una combustión poderosa reclamó su cuerpo.  Una energía que ponía en vela a todos los sentidos. La impotencia del sexo limitado por la falta de devoción. La sensación no tenía expresión. Era vacio, carente de unidad. Otra vez, él vuelto instinto.
  El cielo estrellado conformó un nuevo panorama mental. Algo le hacía cosquillas. El cabello de una muchacha muy rubia estaba pasando entre sus dedos. Ella lo miraba divertida con las mejillas encendidas. Pero en su pecho había un sentimiento errado, muy lejos de la ternura. Era orgullo, era dominación. No era su igual.
  La respiración se le entrecortaba. ¿Acaso no había nada por lo que seguir respirando dolor? ¿Por qué lo seguía haciendo?
  La risotada, una vez más.
  ¿Era suya? Sí. A veces lo era.
  Algo ya vivido.
  Otra vez, rojo.
  Rojo, azul, amarillo, verde. Sus sentidos se confundían. Algo se mezclaba con su sangre y lo atontaba. El dolor se calmaba pero volvía con el doble de fuerza.
  Habría que duplicar la dosis la próxima vez. Pero la próxima no sentiría el efecto.
  Tiraba la aguja que le colgaba en el brazo, enojado. Se quedaba quieto, mientras la forma ya no era forma, el color era sonido, el olor era  tacto.
  Estaba perdido, lo sabía. Ya no le importaba.
  Pero no, había vuelto aquel color.
  Rojo, que se volvía sonido. Que se volvía esa risotada. Se volvía la voz de una mujer que ronroneaba su nombre. Una mujer que lo desaprobaba, a quien asqueaba.
  Recordó que tenía un estómago cuando éste se retorció ante la memoria.Era ella, la de la risotada. ¿Cómo se llamaba? ¿Quién era?
  Ella era todo su potencial, toda su energía.
  Una mueca de desprecio era lo que su boca formaba.
  Él no era lo suficientemente fuerte para ella. Era la primera vez que era inferior.
  Una extraña sensación, esa que le decía que había encontrado a alguien que había perdido, parecida a caer al vacío. La precisaba, necesitaba de ella. ¿La había tenido alguna vez?
  Sí. Sonidos de cadenas. Una aguja que llenaba con una precisión robótica. Los ojos de la mujer lo miraban con odio mientras él intentaba explicarle porqué ella estaba allí, porqué ella tenía que estar con él.
  Había algo mal en todo aquello. Demasiado mal y lo sabía. No podía hacer caso omiso.  No bastaba drogarse y confundir sus sentidos para salir de esa razón. Pero si no podía tenerla, no quería tener nada. Su alma no tenía forma, no tenía motivo.
  Si la voz de la mujer se extinguía, él también lo haría.
  ¿Era ese su final? ¿Fue así como terminó en ese estado?
  Ella le hablaba insistente. Las lágrimas caían por sus ojos mientras su rostro se convertía en una máscara trágica. Rogaba por su vida. Rogaba porque dejara esa jeringa a un lado.
  El dolor se intensificaba. Le decía todo lo que quería escuchar. Lo engañaba.
  Pero en ese momento no quería pensar en eso.
  Ella le prometió un día fascinante. La luz se traslucía por sus cabellos anaranjados. Sus labios lo besaban casi con ternura. Todo era suyo excepto sus ojos, que no reprimían la verdad.
  Comprendió entonces el dolor constante que sentía. Era del mismo color que sus ojos, la misma sensación reprimida.
  Era odio.
  Ella no lo amaba. No lo quería ni soportaba. Ella solo quería vivir, y lejos, muy lejos de él.
  Jamás había sentido tanto dolor. La dejó ir.  
  Y encontró la promesa que lo mantenía respirando mientras recordaba.
  Él viviría y lo haría hasta que ella comprendiera que jamás habría alguien más.
  Un espasmo hizo temblar su cuerpo. Era la primera vez que algo se comprimía más allá de la forma. Era realidad.
  Engañó a la familia de la muchacha. Se comprometió con su hermana. La convirtió en la villana, destrozó su vida.
  Pero…
  Algo sucedió. Algo imposible.
  Él había logrado quebrarla. Él recordaba las cadenas, recordaba la tristeza.
  Pero ella había regresado a pesar de todo. Y no sólo eso.
  Ella lo amaba.
  Al fin, después de tanto tiempo.
  Pero mientras acariciaba su espalda desnuda, el dolor renacía en forma de duda.
 “¿Otra vez me está engañando?”
  Volvió a sentir fuego en su pecho. La chica tenía su mano allí y sus padres servían de público. Un fuego devastador que comenzaba quemando su corazón y que se propagaba por sus venas.
  La luz se apagaba para no volver a encenderse.
  O era lo que suponía.
 Estuvo ciego por mucho tiempo. Los estímulos exteriores se hacían más claros gracias a ello.
  Voces de hombre. La voz de su mentor.
  Pero era extraño. No eran recuerdos, alguien le hablaba en realidad.
  Eligió ignorarlo.
  ¿Quién le hablaría a un color, a un sonido?
  Se recordó como el muchacho desesperado. Estaba encerrado en aquella habitación en el sótano de una mansión imponente. La nieve caía afuera mientras sus padres, en los pisos superiores, reían a carcajadas con sus hermanos.
  Ella venía de vez en cuando, a veces arrepentida, otras enojada.
  Y la odiaba. No podía evitarlo.
  Siguió odiándola hasta que logró liberarse.
  Adrenalina. La primera vez que asesinaba a alguien.
  ¿...?
 No, no. La primera vez que había sentido algo por terminar la vida de alguien.
 Los ojos de su hermano menor lo miraban impertérritos hasta encontrar la mirada de su madre. El grito fue silenciado por un ruido mayor.
 Un sonido que provenía del mismo revólver que asesinó a su progenitor.
 ¿Qué color había visto esa vez
 ¿Qué sonido había tomado forma?
 Era frenesí. Un frenesí de triunfo.
 Un frenesí que volvió a encontrarla a ella, que era por quien vivía.
 Era el rey del mundo. Al fin. Todo el mundo se inclinaba ante él, nadie podía negarle nada.
 Heredero de la vida de sus padres, dictador de sus pares.
 Y al fin, después de tanto tiempo, su igual.
 No le sorprendió que ella se resistiera, por un tiempo. Era testaruda pero eso le gustaba. Le gustaba que se resistiera a él.
 La odiaba tanto. Le amaba tanto.
 Y él era todo por ella. Todo en lo que se había convertido, toda su vida parecía una sonata de devoción a aquella mujer que con una risotada cambiaría su impulso tanático de autodestrucción, por aquel que lo llevaba a controlar y dominar todo.
 Quizás eso fuese parecido.
 Las voces de afuera, aquellas insanas, se volvían más potentes.
 Sintió lástima por el viejo mentor, había perdido la cordura.
 ¿A quién le hablaba?
 Repetía el nombre.
 Una frase.
 Una verdad.
 El odio jamás se acabaría. Su devoción estaba completamente entrelazada con aquel cúmulo energético.
 Ya no sobrevivía por la risotada. Ni por su rostro, ni por el tacto de su piel.
 Ni por el color naranja de su pelo.
 El amor había sido dividido por cero. Era un agujero negro indefinido.

 -Sigues vivo. Lo sé. Yo te enseñé a sobrevivir a esto.- Rezaba esa voz descascarada.

 Sí, lo sabía. Sí, seguía vivo. Quería verle. Quería tomarla del rostro y besarla hasta que sus labios se consumieran. Cada vez que ella le desaprobaba, cada vez que ella se sentía asqueada por él, ése era el impulso. El impulso de mejorar por ella, de sobrevivir. De ser su par.
 La odiaba con el color del dolor.
 Abrió el ojo que le quedaba tras aquel disparo que debería de haber sido fatal. El impacto era el color grabado en su retina. Ahora parecía una niebla.
 Jamás en su vida olvidaría la cara insensible de la mujer cuando le disparó.
 Ella ya no era su igual. Ella no habría sobrevivido.
 El dolor lo carcomía.  Venía desde afuera, inundando cada centímetro de su piel. Venía desde adentro, provocado por la combustión mítica del vivir. Venía de todos lados y era imposible escaparse. ¿El dolor lo había sentido siempre, desde el momento que nació? ¿Era una réplica del sonido que hacían sus pulmones al respirar?
  …
  …
  Sí.