Un problema reflexivo interno. ¿La gente se percatará del ritmo que le quiero poner a lo que escribo? A veces me da la sensación que si uno no se detiene en las pausas y repeticiones, si uno lo lee de corrido y sin una entonación, se pierde parte de lo escrito.
Me molesta, me da pánico. Es como dar una partitura sin el compás.
Escribí escuchando esto:
http://www.youtube.com/watch?v=PPtSKimbjOU
Si se puede, leer también escuchándolo. Quizás ayude con el tema del ritmo.
... O quizás simplemente son delirios míos.
MISHA
El dolor lo carcomía. Venía desde afuera,
inundando cada centímetro de su piel. Venía desde adentro, provocado por la
combustión mítica del vivir. Venía de todos lados y era imposible escaparse. ¿
El dolor lo había sentido siempre, desde el momento en que nació? ¿Era una
réplica del sonido que hacían sus pulmones al respirar? A veces éste se convertía en color, en una luz
que parecía haber estado grabada en su retina al momento que cerró sus ojos por
última vez.
¿Estaba alucinando?
El color se convertía en sonido. Retumbaba
en sus oídos, su mente lo reproducía más de mil veces. Pero todo eso estaba más
allá de su entendimiento. ¿Qué era él?
¿Tenía forma? ¿La había tenido alguna vez?
Su
mente no coordinaba las sensaciones entrópicas que a veces se
transformaban en una unidad que lo atormentaba sin descanso. Perdía la
esperanza de vez en cuando pero una voz –una
que sentía familiar- lo hostigaba a sobrevivir, a crecer, a volverse más
fuerte. Construirse desde el dolor.
Era su propia voz quien lo alentaba a vivir,
llena de amargura. Esa voz, era un recuerdo que se había propuesto hace mucho
tiempo. Se parecía a la de su padre que lo retaba a volverse menos patético. La
de su madre que lo instigaba a ser perfecto.
Pero no quería vivir por esas, que hace
tiempo habían muerto. Aquellas personas le habían quitado el alma, el
sentimiento, la razón de ser para sí. Lo
habían vuelto instinto.
¿Por qué fuerza estaba con vida?
El color se tornaba rojo. ¿Qué era rojo? ¿El cielo? ¿La luna? ¿La libertad? ¿La
supervivencia?
Sus pensamientos estaban vacíos. No
comprendía si no sentía. Y en ese momento sentía el color, filtraba el sonido.
Un
juego de luces. Una risotada.
No era su risa. Pero siempre había estado
ahí. A veces se reproducía triste, a veces burlona y muchas veces cínica.
Tampoco vivía por esas. ¿Quién
era?
De a poco, el color y la forma se volvieron
uno. El sonido envolvía el engendro dándole significado. Éste iba directamente
a su alma y evocaba algo nuevo, algo que le fue difícil de procesar. Cuando
finalmente encontró sentido, vio imágenes.
Un
niño pequeño corriendo por la nieve. Llevaba las manos llenas de sangre
mientras reía paranoico. Algo estaba mal, pero bien, muy bien al mismo tiempo.
Gritos enojados, la imagen se sacudía. Un
hombre muy alto, con su mismo cabello, sus mismos ojos, su misma piel y olor. Sus manos gigantes tomaron las suyas y parecían aplastarlas. Sus
ojos, encendidos por la furia, lo aterrorizaban.
Otra imagen.
Una mujer de cabello oscuro que le hablaba de manera extraña. Entonaba
palabras que no entendía y lo incitaba a hablar igual. No le interesaba. La
mujer lo tomó del rostro y le preguntó si escuchaba.
Ridículo,
no tenía rostro.
… ¿O era
que lo había perdido?
La mujer lo miraba a los ojos en una mezcla
de amor y desesperación. Repitió su pregunta. Lo animó, con cierta crueldad, a
que le contestara en el mismo código incomprensible. Él estaba concentrado en
otra cosa. En el dolor. En el color rojo del fuego de
la chimenea.
Fuego en su mejilla cuando lo golpeó. Fuego
en sus manos de cuando estas amortiguaron la caída al suelo. Fuego en su cuero
cabelludo cuando tiraban de él para que se incorporara. Su furia era del mismo
azul que los ojos de su padre.
No, no
era por ellos que estaba vivo.
Una
combustión poderosa reclamó su cuerpo. Una energía que ponía en vela a todos los
sentidos. La impotencia del sexo limitado por la falta de devoción. La sensación
no tenía expresión. Era vacio, carente de unidad. Otra vez, él vuelto instinto.
El cielo estrellado conformó un nuevo
panorama mental. Algo le hacía cosquillas. El cabello de una muchacha muy rubia
estaba pasando entre sus dedos. Ella lo miraba divertida con las mejillas encendidas.
Pero en su pecho había un sentimiento errado, muy lejos de la ternura. Era
orgullo, era dominación. No era su igual.
La respiración
se le entrecortaba. ¿Acaso no había
nada por lo que seguir respirando dolor? ¿Por qué lo seguía haciendo?
La risotada, una vez más.
¿Era
suya? Sí. A veces lo era.
Algo ya vivido.
Otra vez, rojo.
Rojo, azul, amarillo, verde. Sus sentidos se
confundían. Algo se mezclaba con su sangre y lo atontaba. El dolor se calmaba
pero volvía con el doble de fuerza.
Habría que duplicar la dosis la próxima vez.
Pero la próxima no sentiría el efecto.
Tiraba la aguja que le colgaba en el brazo,
enojado. Se quedaba quieto, mientras la forma ya no era forma, el color era
sonido, el olor era tacto.
Estaba perdido, lo sabía. Ya no le importaba.
Pero no, había vuelto aquel color.
Rojo, que se volvía sonido. Que se volvía esa
risotada. Se volvía la voz de una mujer que ronroneaba su nombre. Una mujer que
lo desaprobaba, a quien asqueaba.
Recordó
que tenía un estómago cuando éste se retorció ante la memoria.Era ella, la
de la risotada. ¿Cómo se llamaba? ¿Quién
era?
Ella era todo su potencial, toda su energía.
Una mueca de desprecio era lo que su boca
formaba.
Él no era lo suficientemente fuerte para
ella. Era la primera vez que era inferior.
Una extraña sensación, esa que le decía que había
encontrado a alguien que había perdido, parecida a caer al vacío. La precisaba,
necesitaba de ella. ¿La había tenido
alguna vez?
Sí. Sonidos de cadenas. Una aguja que
llenaba con una precisión robótica. Los ojos de la mujer lo miraban con odio
mientras él intentaba explicarle porqué ella estaba allí, porqué ella tenía que
estar con él.
Había algo mal en todo aquello. Demasiado mal
y lo sabía. No podía hacer caso omiso. No bastaba drogarse y confundir sus sentidos para
salir de esa razón. Pero si no podía tenerla, no quería tener nada. Su alma no
tenía forma, no tenía motivo.
Si la voz de la mujer se extinguía, él
también lo haría.
¿Era
ese su final? ¿Fue así como terminó en ese estado?
Ella le hablaba insistente. Las lágrimas caían
por sus ojos mientras su rostro se convertía en una máscara trágica. Rogaba por
su vida. Rogaba porque dejara esa jeringa a un lado.
El dolor se intensificaba. Le decía todo lo
que quería escuchar. Lo engañaba.
Pero en ese momento no quería pensar en eso.
Ella le prometió un día fascinante. La luz se
traslucía por sus cabellos anaranjados. Sus labios lo besaban casi con ternura.
Todo era suyo excepto sus ojos, que no reprimían la verdad.
Comprendió entonces el dolor constante que
sentía. Era del mismo color que sus ojos, la misma sensación reprimida.
Era odio.
Ella no lo amaba. No lo quería ni soportaba.
Ella solo quería vivir, y lejos, muy lejos de él.
Jamás había sentido tanto dolor. La dejó ir.
Y encontró la promesa que lo mantenía
respirando mientras recordaba.
Él viviría y lo haría hasta que ella
comprendiera que jamás habría alguien más.
Un
espasmo hizo temblar su cuerpo. Era la primera vez que algo se comprimía más
allá de la forma. Era realidad.
Engañó a la familia de la muchacha. Se
comprometió con su hermana. La convirtió en la villana, destrozó su vida.
Pero…
Algo sucedió. Algo imposible.
Él había logrado quebrarla. Él recordaba las
cadenas, recordaba la tristeza.
Pero ella había regresado a pesar de todo. Y
no sólo eso.
Ella lo amaba.
Al fin, después de tanto tiempo.
Pero mientras acariciaba su espalda desnuda,
el dolor renacía en forma de duda.
“¿Otra
vez me está engañando?”
Volvió a sentir fuego en su pecho. La chica
tenía su mano allí y sus padres servían de público. Un fuego devastador que
comenzaba quemando su corazón y que se propagaba por sus venas.
La luz se apagaba para no volver a
encenderse.
O era
lo que suponía.
Estuvo ciego por mucho tiempo. Los estímulos
exteriores se hacían más claros gracias a ello.
Voces
de hombre. La voz de su mentor.
Pero
era extraño. No eran recuerdos, alguien le hablaba en realidad.
Eligió ignorarlo.
¿Quién
le hablaría a un color, a un sonido?
Se recordó como el muchacho desesperado.
Estaba encerrado en aquella habitación en el sótano de una mansión imponente.
La nieve caía afuera mientras sus padres, en los pisos superiores, reían a
carcajadas con sus hermanos.
Ella venía de vez en cuando, a veces
arrepentida, otras enojada.
Y la odiaba. No podía evitarlo.
Siguió odiándola hasta que logró liberarse.
Adrenalina. La primera vez que asesinaba a
alguien.
¿...?
No, no. La primera vez que había sentido algo
por terminar la vida de alguien.
Los ojos de su hermano menor lo miraban impertérritos
hasta encontrar la mirada de su madre. El grito fue silenciado por un ruido
mayor.
Un sonido
que provenía del mismo revólver que asesinó a su progenitor.
¿Qué color había visto esa vez
¿Qué sonido había tomado forma?
Era
frenesí. Un frenesí de triunfo.
Un
frenesí que volvió a encontrarla a ella, que era por quien vivía.
Era el rey del mundo. Al fin. Todo el mundo se
inclinaba ante él, nadie podía negarle nada.
Heredero
de la vida de sus padres, dictador de sus pares.
Y al
fin, después de tanto tiempo, su igual.
No
le sorprendió que ella se resistiera, por un tiempo. Era testaruda pero eso le
gustaba. Le gustaba que se resistiera
a él.
La
odiaba tanto. Le amaba tanto.
Y él era todo por ella. Todo en lo que se había
convertido, toda su vida parecía una sonata de devoción a aquella mujer que con
una risotada cambiaría su impulso tanático de autodestrucción, por aquel que lo
llevaba a controlar y dominar todo.
Quizás
eso fuese parecido.
Las voces de afuera, aquellas insanas, se volvían
más potentes.
Sintió lástima por el viejo mentor, había
perdido la cordura.
¿A
quién le hablaba?
Repetía el nombre.
Una
frase.
Una verdad.
El
odio jamás se acabaría. Su devoción estaba completamente entrelazada con aquel
cúmulo energético.
Ya
no sobrevivía por la risotada. Ni por su rostro, ni por el tacto de su piel.
Ni por el color naranja de su pelo.
El
amor había sido dividido por cero. Era un agujero negro indefinido.
-Sigues vivo. Lo sé. Yo te enseñé a
sobrevivir a esto.- Rezaba esa voz descascarada.
Sí, lo
sabía. Sí, seguía vivo. Quería verle. Quería tomarla del rostro y besarla hasta
que sus labios se consumieran. Cada vez que ella le desaprobaba, cada vez que
ella se sentía asqueada por él, ése era
el impulso. El impulso de mejorar por ella, de sobrevivir. De ser su par.
La odiaba con el color del dolor.
Abrió el ojo que le quedaba tras aquel
disparo que debería de haber sido fatal. El impacto era el color grabado en su
retina. Ahora parecía una niebla.
Jamás en su vida olvidaría la cara
insensible de la mujer cuando le disparó.
Ella ya
no era su igual. Ella no habría sobrevivido.
El dolor lo carcomía. Venía desde afuera, inundando cada centímetro
de su piel. Venía desde adentro, provocado por la combustión mítica del vivir.
Venía de todos lados y era imposible escaparse. ¿El dolor lo había sentido siempre, desde el momento que nació? ¿Era
una réplica del sonido que hacían sus pulmones al respirar?
…
…
Sí.