sábado, 1 de diciembre de 2012

"Sólo un lunes más" (Canción de blues)



Baila en un local dudoso,
Un bar, donde el límite entre héroes y villanos se olvida,
Y todos se vuelven seres humanos.

Todos los lunes la ves,
Invierno, otoño o verano.
Esta bailando en ese palo,
como una muñeca la cual su vida fue en contra mano.

Esta desnuda como el primer día,
pero está completamente vestida.
Por ellos, sus hijos, la está luchando,
no tiene más que bailarlo.

“Un lunes más y me voy”, dice.
Sus compañeras se ríen con ternura.
Las fotos de sus hijos la están mirando,
y repite casi convencida:” “Solo un lunes más y me voy”.

Ya no importa de donde venga el sucio dinero,
sólo importa que lo paguen en su cuero.
Ya ni importa de quien venga el cuerpo,
sólo importa que después paguen su precio.

No está mirando las caras lascivas,
no quiere ser tampoco la más bonita.
Se arrepiente del día en que ya no tuvo más nada,
aunque en este momento esté sonriendo atormentada.

Porque carne es carne y no alma,
porque su espíritu no está encerrado,
porque sus hijos todavía tienen esperanza,
y ella vende su cuerpo porque es lo que la tiene encadenada.

“Un lunes más y me voy”, se dice.
Su chulo ya ni la escucha.
Su hijo menor le sonríe en la memoria.
“Sólo un lunes más y me voy”,  sin llorar se reprocha.

No tiene otra cosa,
que un noventa sesenta noventa.
No vende otra cosa,
porque es la mercancía que se nota.

¿Cuándo va a ser el final?
¿Qué caballero andante la va a querer rescatar?
Si la puta es puta y puta queda.
Si a las putas las apedrean.
Nadie toma la culpa de porqué esa ruta eligió.

Los hombres ven lo que quieren,
un recipiente de mujer que solo quieren poseer.
No importa lo que piensa, ¿quién escucha lo que habla?
Si no dice sí entonces es pura estafa.

“Un lunes más y me voy”, repite,
su hijo mayor no la puede mirar.
Se parece tanto al padre que no la quiso ayudar,
“ Sólo un lunes más y me voy”, vuelve a gritar.

¿Quién te está dando de comer?
¿No sabés lo que tengo que hacer?
¿Vos crees que a mí me gusta ese placer?
¿Creés que seguir sintiendo algo está en mi poder?

Y baila. Baila sin pensar.
Carne por dinero y dinero por carne.
A sus hijos tiene que alimentar.
Desnuda como el primer día y sin embargo protegida,
por el recuerdo de una sonrisa del que ya no la mira.

Cierra el negocio, se tapa hasta que no se puede más.
Un hombre la observa esa madrugada, casi sin pestañar.
A las putas se las mata porque no son nada más.
Un fanático, un problemático que se quedó entre religión y carne.

Ella camina mientras sus pasos resuenan en el boulevard,
con su llanto no puede escuchar quién va detrás.
El hombre espera hasta que entre a su hogar.

Quizá en el momento que vio el interior se haya sorprendido,
que la puta en realidad prefería el amor al vino.
Pero sus ojos que miraban no veían,
Y la muerte en sus puños ya existía, sin sonido.

“Un lunes más y me voy”, susurraba ella.
No estaba escuchando que alguien más había entrado.
Concentrada en la foto de sus hijos, cortando un almuerzo.
“ Sólo un lunes más y ya me voy”, sonreía al fin.

El loco vino y la quiso ahorcar,
todo porque él su precio no había podido pagar.
Y lo primero que vio ella fue a un niño que no entendía,
como sus hijos que tampoco la veían.

El ruido no tardó en llegar y los vecinos casi no querían mirar,
la puta estaba loca, esa era la explicación,
mato un tipo y seguro le robó.

Una mujer de la policía federal la intentó controlar.
Las manos llenas de sangre del que estaba tirado en la cocina.
“Por favor, no le digan nada a mis hijos”
“¿No decirle qué, qué usted es una puta o que mató a un hombre?”

“Un lunes más y me voy”, le dice al mayor,
entre rejas por un abogado que no pudo pagar.
Su alma se defendía pero su cuerpo la traicionaba,
“Sólo un lunes más y ya me voy”, repite para no perder el vigor.






miércoles, 31 de octubre de 2012

Para Elisa.


   Creo que es tan imposible describir con exactitud la combustión que provoca la ira con la tristeza , como  imposible es intentar descifrar y premeditar las primeras palabras en un cuaderno en blanco.
    Y es tan inevitable regodearse en tu sonrisa perversa mientras tallo mis pensamientos en estas páginas.
    En realidad lo que más deseo es escribir tu definición: creo que los hombres del mundo deberían estar advertidos de tu especie.
    No…no y no. Eso suena despechado.
    No estoy despechado,  a pesar de que eso sería entendible; soy un mísero patético. ¿Qué es lo que quiero entonces? ¿Desahogarme? Tengo el sentimiento, por no decir la vocación, de mostrarle a alguien lo que hiciste. Creo que es casi increíble la manera en que afectas a las personas; los confundes, emborronas sus límites, los lanzas a una libertad inexplicable…
   Otra vez me estoy equivocando.
   Creo que podía visualizarte casi como un demonio: sonríes, me haces perder... a pesar de que siempre, en la parte de atrás de mi cabeza, algo me dice que estoy haciendo algo peligroso. No quiero que nadie me malinterprete, no fui engañado; siempre uno está siendo advertido. Tus labios, tus pequeños pechos, esa cinturita de avispa que me hace sentir un gigante cuando la rodeo con mis manos…todo tu conjunto altera mis sentidos y no hace más que despertar una desesperación para huir de ti. Es entonces cuando mi instinto humano que hipnotizaste mágicamente me hace notar que mis pies son de piedra y mi corazón tuyo.
   Qué imbécil. Hablando de sentimientos, cuando yo hago acopio de poder manipularlos y moldearlos a mi propio placer.
   A los 15 años aprendí a tocar la guitarra. Eléctrica. Es allí cuando aprendí ese movimiento de dandy, el de tocar una melodía tranquila, dejar que esas pequeñas ninfas se acercaran soltando sus feromonas, mirar a mi presa y sonreírle. Esa sonrisa que no falla, que las hace sentir únicas a esas imbéciles.  No digo que siempre me haya sido fácil: pero una mujer no es más que una niña grande, y los mismos viejos trucos que empleaba en mi adolescencia siguen sirviendo cuando toco en esos eclécticos bares mientras ellas se emborrachan de placer.
    Voy a dejar algo en claro: la música no es mi manía. Tampoco las mujeres. Ni los hombres, he de aclarar. Creo que me dedique a esto solamente para poder notar la reacción de las personas.
   ¿Qué locura no? Ni músico bohemio ni mujeriego empedernido. ¿En dónde encajo?
   No me quejo para nada: tengo mi departamento felizmente amueblado, con últimas tecnologías y demás chucherías: cinco guitarras de mejor calidad, ocho tipo diferentes de amplificadores y una isla de grabación que haría envidiar a muchos estudios. Sillones negros y una cama de dos plazas para cuando tengo compañía.
  Nunca me falto nada. Ni mujeres, ni dinero, ni salud. No lloro por nadie, aunque debo admitir que he amado y perdido. Pero todo siempre encajó tan bien, con sus causas y consecuencias, que la verdad no podría arrepentirme nunca de lo que hice. A las pérdidas les dedique un par de baladas melancólicas, unas borracheras terribles y varios lloriqueos inconsolables.  Tanto como llego el amor.

   “Divagas divagas siempre divagas”, así te quejabas siempre. Bueno querida mía, creo que si no me dedicaba una presentación mi ego estaría algo afectado.  Me has enfermado tanto que puedo escuchar tu voz reprimiéndome por toda cosa que encontrabas molesta de mi ser.  Quiero mandarte al infierno de una buena vez perra. Así que lentamente voy a escribir tu sentencia. Divagando, solo para molestarte.


    Era una tarde de verano. Había huido una vez más de la quietud de mi estupefacto apartamento y me encontré en un delicioso bar del centro. Cuando me senté, observé el panorama que me rodeaba. Un grupo de viejas amigas se había juntado, custodiada por esposos que ya estaban cansados de ver esas mismas, repetidas y charlatanas caras. Esbocé una sonrisa mientras me felicitaba a mi mismo por seguir soltero.
 "Hola, ¿precisa algo?", escuché una voz monótona detrás mío. ¿Qué esperaba? ¿Un ángel caído? Quizás. Nunca desaproveché el tiempo para esas cosas. Alguna inspiración, aquella musa descartable que me sirviera para reescribir un par de canciones que consideraba paupérrimas. Pero al darme vuelta, no era otra que esas jovencitas carentes de color, hechas del más fino celofán, y las cuales se desvanecen a la más mínima intención de sonreír. Ordené un sobrio café expresso y pedí permiso para tocar en volumen muy bajo a Jesse, una de mis guitarras predilectas. No con esas palabras claro, sino más bien con algo menos poético. 
   Es gracioso cómo los músicos nos empeñamos en insuflar vida a las cosas que parecieran inanimadas. Un instrumento o un cuerpo aburrido.
  Mientras pensaba en esta reflexión, me hundía cada vez más en las cuerdas que sonaban con una armonía inigualable. Cerré los ojos, siguiendo el sonido que el gentío que ocupaba el bar me proporcionaba y hacía sonar a Jesse de una manera que suavizara y convirtiera en prosa aquellos parloteos interminables, esas risas escandalosas, esas…gotas de lluvia. El cielo me proporcionó un muy buen material aquél día. Mientras las gotas golpeaban suavemente la sombrilla de la mesa, yo aceleraba o disminuía el tempo de mis acordes, mis notas, mis dedos y me veía seduciendo a cualquier solitario espectador que precisaba consuelo.
 Abrí los ojos para llenar de color lo que en mi mente aún no tenía forma de imagen.
 Y allí estaba ella. Mirando de soslayo, casi como tímida, hermosa. Tenía el cabello corto, negro, al estilo garçon. Sus ojos gigantes con pestañas prominentes y sus labios carnosos pintados de rojo se estaban llevando mi alma...
 Escuché un sonido metálico que no me era desconocido. 
 Ardor. Una sustancia se deslizaba de mi mano a medida que una punzada de dolor corría a través de mis nervios hasta llegar en forma de jadeo a mi boca. Miré hacia abajo. Mi cuerda sol se había cortado de pronto. Con un efecto de látigo llegó a mi mano izquierda produciendo una herida que en el momento no podía juzgar su profundidad. 
 Me irrité de sobremanera. Las cuerdas eran nuevas y aparentemente una estafa. La descolorida mesera se acercó preocupada pero con un gruñido la mandé a traer la cuenta. La gente miraba. Su estúpida inclinación por lo grotesco me irritaba mientras guardaba a Jesse en su estuche.
 Y recordé que estaba admirando una bella morocha. Alcé la vista para hablarle sin palabras. Levanté las cejas y me encogí de hombros, en señal de impotencia, y me respondió con una mueca que simulaba ser una sonrisita con algo de empatía.
 Algo de ella...
 Algo de ella me asustaba. No era precisamente la mujer más hermosa que he contemplado. Pero tenía un atractivo especial. Quizás así se sienten las moscas cuando se dirigen a esa pegajosa telaraña que escribe su predecible sentencia. 
 Uno diría que después de tanto tiempo, los insectos se darían cuenta de aquellas terribles verdades.
 Uno diría que los hombres se darían cuenta cuando observan su completa perdición en una mujer. No hay nada original ni nuevo en esas dos situaciones.
 Uno diría que como artista, mi superstición debería haberme gritado que la ruptura de esa cuerda en aquel momento, era un crucial presagio de mi tortura posterior.
 Pero ese día me fui a mi casa con la mano envuelta en un trapo manchado de rojo y con el corazón algo más perdido que de costumbre.



domingo, 28 de octubre de 2012

Misha.

Un problema reflexivo interno. ¿La gente se percatará del ritmo que le quiero poner a lo que escribo? A veces me da la sensación que si uno no se detiene en las pausas y repeticiones, si uno lo lee de corrido y sin una entonación, se pierde parte de lo escrito.
Me molesta, me da pánico. Es como dar una partitura sin el compás.
Escribí escuchando esto: http://www.youtube.com/watch?v=PPtSKimbjOU
Si se puede, leer también escuchándolo. Quizás ayude con el tema del ritmo.
... O quizás simplemente son delirios míos.

MISHA

   El dolor lo carcomía. Venía desde afuera, inundando cada centímetro de su piel. Venía desde adentro, provocado por la combustión mítica del vivir. Venía de todos lados y era imposible escaparse. ¿ El dolor lo había sentido siempre, desde el momento en que nació? ¿Era una réplica del sonido que hacían sus pulmones al respirar?  A veces éste se convertía en color, en una luz que parecía haber estado grabada en su retina al momento que cerró sus ojos por última vez.
   ¿Estaba alucinando?
   El color se convertía en sonido. Retumbaba en sus oídos, su mente lo reproducía más de mil veces. Pero todo eso estaba más allá de su entendimiento. ¿Qué era él? ¿Tenía forma? ¿La había tenido alguna vez?
   Su mente no coordinaba las sensaciones entrópicas que a veces se transformaban en una unidad que lo atormentaba sin descanso. Perdía la esperanza de vez en cuando pero una voz  –una que sentía familiar- lo hostigaba a sobrevivir, a crecer, a volverse más fuerte. Construirse desde el dolor.
  Era su propia voz quien lo alentaba a vivir, llena de amargura. Esa voz, era un recuerdo que se había propuesto hace mucho tiempo. Se parecía a la de su padre que lo retaba a volverse menos patético. La de su madre que lo instigaba a ser perfecto.
  Pero no quería vivir por esas, que hace tiempo habían muerto. Aquellas personas le habían quitado el alma, el sentimiento, la razón de ser para sí. Lo habían vuelto instinto.
  ¿Por qué fuerza estaba con vida?
  El color se tornaba rojo. ¿Qué era rojo? ¿El cielo? ¿La luna? ¿La libertad? ¿La supervivencia?
  Sus pensamientos estaban vacíos. No comprendía si no sentía. Y en ese momento sentía el color, filtraba el sonido.
  Un juego de luces. Una risotada.
  No era su risa. Pero siempre había estado ahí. A veces se reproducía triste, a veces burlona y muchas veces cínica.
  Tampoco vivía por esas.  ¿Quién era?
  De a poco, el color y la forma se volvieron uno. El sonido envolvía el engendro dándole significado. Éste iba directamente a su alma y evocaba algo nuevo, algo que le fue difícil de procesar. Cuando finalmente encontró sentido, vio imágenes.
   Un niño pequeño corriendo por la nieve. Llevaba las manos llenas de sangre mientras reía paranoico. Algo estaba mal, pero bien, muy bien al mismo tiempo.
  Gritos enojados, la imagen se sacudía. Un hombre muy alto, con su mismo cabello, sus mismos ojos, su misma piel y olor.  Sus manos gigantes  tomaron las suyas y parecían aplastarlas. Sus ojos, encendidos por la furia, lo aterrorizaban.
  Otra imagen.  Una mujer de cabello oscuro que le hablaba de manera extraña. Entonaba palabras que no entendía y lo incitaba a hablar igual. No le interesaba. La mujer lo tomó del rostro y le preguntó si escuchaba.
  Ridículo, no tenía rostro.
  … ¿O era que lo había perdido?
  La mujer lo miraba a los ojos en una mezcla de amor y desesperación. Repitió su pregunta. Lo animó, con cierta crueldad, a que le contestara en el mismo código incomprensible. Él estaba concentrado en otra cosa. En el dolor. En el color rojo del fuego de la chimenea.
  Fuego en su mejilla cuando lo golpeó. Fuego en sus manos de cuando estas amortiguaron la caída al suelo. Fuego en su cuero cabelludo cuando tiraban de él para que se incorporara. Su furia era del mismo azul que los ojos de su padre.
 No, no era por ellos que estaba vivo.
  Una combustión poderosa reclamó su cuerpo.  Una energía que ponía en vela a todos los sentidos. La impotencia del sexo limitado por la falta de devoción. La sensación no tenía expresión. Era vacio, carente de unidad. Otra vez, él vuelto instinto.
  El cielo estrellado conformó un nuevo panorama mental. Algo le hacía cosquillas. El cabello de una muchacha muy rubia estaba pasando entre sus dedos. Ella lo miraba divertida con las mejillas encendidas. Pero en su pecho había un sentimiento errado, muy lejos de la ternura. Era orgullo, era dominación. No era su igual.
  La respiración se le entrecortaba. ¿Acaso no había nada por lo que seguir respirando dolor? ¿Por qué lo seguía haciendo?
  La risotada, una vez más.
  ¿Era suya? Sí. A veces lo era.
  Algo ya vivido.
  Otra vez, rojo.
  Rojo, azul, amarillo, verde. Sus sentidos se confundían. Algo se mezclaba con su sangre y lo atontaba. El dolor se calmaba pero volvía con el doble de fuerza.
  Habría que duplicar la dosis la próxima vez. Pero la próxima no sentiría el efecto.
  Tiraba la aguja que le colgaba en el brazo, enojado. Se quedaba quieto, mientras la forma ya no era forma, el color era sonido, el olor era  tacto.
  Estaba perdido, lo sabía. Ya no le importaba.
  Pero no, había vuelto aquel color.
  Rojo, que se volvía sonido. Que se volvía esa risotada. Se volvía la voz de una mujer que ronroneaba su nombre. Una mujer que lo desaprobaba, a quien asqueaba.
  Recordó que tenía un estómago cuando éste se retorció ante la memoria.Era ella, la de la risotada. ¿Cómo se llamaba? ¿Quién era?
  Ella era todo su potencial, toda su energía.
  Una mueca de desprecio era lo que su boca formaba.
  Él no era lo suficientemente fuerte para ella. Era la primera vez que era inferior.
  Una extraña sensación, esa que le decía que había encontrado a alguien que había perdido, parecida a caer al vacío. La precisaba, necesitaba de ella. ¿La había tenido alguna vez?
  Sí. Sonidos de cadenas. Una aguja que llenaba con una precisión robótica. Los ojos de la mujer lo miraban con odio mientras él intentaba explicarle porqué ella estaba allí, porqué ella tenía que estar con él.
  Había algo mal en todo aquello. Demasiado mal y lo sabía. No podía hacer caso omiso.  No bastaba drogarse y confundir sus sentidos para salir de esa razón. Pero si no podía tenerla, no quería tener nada. Su alma no tenía forma, no tenía motivo.
  Si la voz de la mujer se extinguía, él también lo haría.
  ¿Era ese su final? ¿Fue así como terminó en ese estado?
  Ella le hablaba insistente. Las lágrimas caían por sus ojos mientras su rostro se convertía en una máscara trágica. Rogaba por su vida. Rogaba porque dejara esa jeringa a un lado.
  El dolor se intensificaba. Le decía todo lo que quería escuchar. Lo engañaba.
  Pero en ese momento no quería pensar en eso.
  Ella le prometió un día fascinante. La luz se traslucía por sus cabellos anaranjados. Sus labios lo besaban casi con ternura. Todo era suyo excepto sus ojos, que no reprimían la verdad.
  Comprendió entonces el dolor constante que sentía. Era del mismo color que sus ojos, la misma sensación reprimida.
  Era odio.
  Ella no lo amaba. No lo quería ni soportaba. Ella solo quería vivir, y lejos, muy lejos de él.
  Jamás había sentido tanto dolor. La dejó ir.  
  Y encontró la promesa que lo mantenía respirando mientras recordaba.
  Él viviría y lo haría hasta que ella comprendiera que jamás habría alguien más.
  Un espasmo hizo temblar su cuerpo. Era la primera vez que algo se comprimía más allá de la forma. Era realidad.
  Engañó a la familia de la muchacha. Se comprometió con su hermana. La convirtió en la villana, destrozó su vida.
  Pero…
  Algo sucedió. Algo imposible.
  Él había logrado quebrarla. Él recordaba las cadenas, recordaba la tristeza.
  Pero ella había regresado a pesar de todo. Y no sólo eso.
  Ella lo amaba.
  Al fin, después de tanto tiempo.
  Pero mientras acariciaba su espalda desnuda, el dolor renacía en forma de duda.
 “¿Otra vez me está engañando?”
  Volvió a sentir fuego en su pecho. La chica tenía su mano allí y sus padres servían de público. Un fuego devastador que comenzaba quemando su corazón y que se propagaba por sus venas.
  La luz se apagaba para no volver a encenderse.
  O era lo que suponía.
 Estuvo ciego por mucho tiempo. Los estímulos exteriores se hacían más claros gracias a ello.
  Voces de hombre. La voz de su mentor.
  Pero era extraño. No eran recuerdos, alguien le hablaba en realidad.
  Eligió ignorarlo.
  ¿Quién le hablaría a un color, a un sonido?
  Se recordó como el muchacho desesperado. Estaba encerrado en aquella habitación en el sótano de una mansión imponente. La nieve caía afuera mientras sus padres, en los pisos superiores, reían a carcajadas con sus hermanos.
  Ella venía de vez en cuando, a veces arrepentida, otras enojada.
  Y la odiaba. No podía evitarlo.
  Siguió odiándola hasta que logró liberarse.
  Adrenalina. La primera vez que asesinaba a alguien.
  ¿...?
 No, no. La primera vez que había sentido algo por terminar la vida de alguien.
 Los ojos de su hermano menor lo miraban impertérritos hasta encontrar la mirada de su madre. El grito fue silenciado por un ruido mayor.
 Un sonido que provenía del mismo revólver que asesinó a su progenitor.
 ¿Qué color había visto esa vez
 ¿Qué sonido había tomado forma?
 Era frenesí. Un frenesí de triunfo.
 Un frenesí que volvió a encontrarla a ella, que era por quien vivía.
 Era el rey del mundo. Al fin. Todo el mundo se inclinaba ante él, nadie podía negarle nada.
 Heredero de la vida de sus padres, dictador de sus pares.
 Y al fin, después de tanto tiempo, su igual.
 No le sorprendió que ella se resistiera, por un tiempo. Era testaruda pero eso le gustaba. Le gustaba que se resistiera a él.
 La odiaba tanto. Le amaba tanto.
 Y él era todo por ella. Todo en lo que se había convertido, toda su vida parecía una sonata de devoción a aquella mujer que con una risotada cambiaría su impulso tanático de autodestrucción, por aquel que lo llevaba a controlar y dominar todo.
 Quizás eso fuese parecido.
 Las voces de afuera, aquellas insanas, se volvían más potentes.
 Sintió lástima por el viejo mentor, había perdido la cordura.
 ¿A quién le hablaba?
 Repetía el nombre.
 Una frase.
 Una verdad.
 El odio jamás se acabaría. Su devoción estaba completamente entrelazada con aquel cúmulo energético.
 Ya no sobrevivía por la risotada. Ni por su rostro, ni por el tacto de su piel.
 Ni por el color naranja de su pelo.
 El amor había sido dividido por cero. Era un agujero negro indefinido.

 -Sigues vivo. Lo sé. Yo te enseñé a sobrevivir a esto.- Rezaba esa voz descascarada.

 Sí, lo sabía. Sí, seguía vivo. Quería verle. Quería tomarla del rostro y besarla hasta que sus labios se consumieran. Cada vez que ella le desaprobaba, cada vez que ella se sentía asqueada por él, ése era el impulso. El impulso de mejorar por ella, de sobrevivir. De ser su par.
 La odiaba con el color del dolor.
 Abrió el ojo que le quedaba tras aquel disparo que debería de haber sido fatal. El impacto era el color grabado en su retina. Ahora parecía una niebla.
 Jamás en su vida olvidaría la cara insensible de la mujer cuando le disparó.
 Ella ya no era su igual. Ella no habría sobrevivido.
 El dolor lo carcomía.  Venía desde afuera, inundando cada centímetro de su piel. Venía desde adentro, provocado por la combustión mítica del vivir. Venía de todos lados y era imposible escaparse. ¿El dolor lo había sentido siempre, desde el momento que nació? ¿Era una réplica del sonido que hacían sus pulmones al respirar?
  …
  …
  Sí.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Marshall.

Podía verla allá abajo con ese hombre.
Asi la observaba, mientras tensaba la mandíbula y bebía otro trago para frenar aquel sentimiento de impotencia pura. El silencio de la habitación era interrumpido de vez en cuando por el crujido del vaso que sostenía. No se daba cuenta que el sonido se estaba haciendo más frecuente a medida que más tenso se ponía.
La mujer sacudía su cabello y batía sus largas pestañas al dedicarle a ese hombre el mismo pequeño puchero que hacia cuando él jugueteaba con ella. Veía el espectáculo de todo aquello que amaba que hiciere, todo, dedicado a otro.
Y no era capaz hacer absolutamente nada.
Un amigo se acercó a servirle otro vaso de vodka sin pronunciar palabra. Era su hermano quien estaba allí abajo con la mujer, susurrándole cosas al oído que la hacían reír, tironeando su cabello y mordiendo sus labios. Lo único que le quedaba por hacer para tranquilizar a su compañero era una cosa: servir más y más alcohol.
Una gota de sudor se resbaló por su frente mientras bebía para mitigar la ira. Pero cuando llegaba al fondo del vaso era inevitable seguir viendo la detestable escena; él y ella, seduciéndose sin ningún tipo de reticencia, de memoria, de consideración. El sonido de su lenta respiración hacia que a los demás le corriera un terrible escalofrío a través de la columna. Nadie se animaba a hacer nada, salvo emborracharse con él e intentar no hacer obvio el morbo que les daba observar aquel episodio.
Ella tomó al hombre de la cara y lo beso lenta, profundamente.
Otro trago para él.
Escuchar la risa de su amante lo enfermaba. Ambos lo estaban disfrutando. Y ella sabía perfectamente lo que hacía; clavar dolorosamente un cuchillo en su orgullo, en su corazón.
Como la adrenalina mitiga el dolor, la ira era, de manera extraña, el analgésico que evitaba que bajara y estrellara la cabeza de ambos contra el ventanal. No era sabio, no debía mostrar su enojo a ninguna de las personas de la habitación. Pero era inevitable.
La voz del hombre se hacía rasposa mientras le hablaba lentamente al oído y rodeaba su pequeñísima cintura con unas manos que serían capaces de destrozarla. Besaba su cuello, olía su piel con aquel perfume parecido al del jazmín.
Sus manos temblaban. Quería dejar de mirar, dejar de torturarse. Irse. Se estaba volviendo loco.
Las manos del hombre se deslizaron por sus piernas y levantaron su vestido parsimoniosamente.
Entre sus suspiros, escuchó que ella mencionó por lo bajo su nombre, seguido de una risa burlona y horrible.
El vaso que estaba sosteniendo se rompió en mil pedazos que se le acabaron incrustándo. Pudo sentir el calor de su propia sangre resbalarse por su mano. Los demás lo miraron entre consternados y entretenidos.
Se apoyó contra el vidrio.
Los amantes habían avanzado hasta la cama, donde se enlazaban y se retorcían, cambiando de ritmo, disfrutando de su pasión.
Pidió otro trago con voz temblorosa. Lo engulló lo más rápido que pudo. La muy perra jamás había gritado así con él. Jamás le había dicho que lo amaba, que era el único para ella.
Alguien se le acercó para decirle que debía hacer algo con su mano. Lo tomó de la solapa de su saco enterrándose más los pedazos de vidrio y le ordenó que le diera otro trago más. Lo empujó hacia atrás, provocando que su interlocutor cayera estrepitosamente sobre una mesa de madera.
El cabello leonino de la mujer yacía sobre el lecho tendido, y formaba una hermosa lluvia azabache sobre las sábanas. Recordó su textura suave, cómo sus bucles se enredaban entre sus dedos, el brillo del sudor de su rostro mientras la tenía tan cerca. Se preguntó como algo tan hermoso podía ser tan vil y descarado.
El tiempo pasaba, los amantes se habían quedado descansando en la cama antes de volver al a reunión.
Nadie excepto su amigo y él se habían quedado en la habitación. No podía sacar los ojos de ella. Tenía una sonrisa estampada en la cara, una que él no conocía, una que él jamás se había ganado.
- Tienes que entender que…- Su compañero se animó por primera vez a interrumpir.
- ¿Entender? ¿Qué? - Le espetó con una voz que le temblaba por la furia.
- Ella se merecía algo mejor.- Concluyó cruelmente. – Tu mismo lo decías. Jamás podrías hacerla sentir lo que él puede.-
Se dio vuelta para encararlo. La imagen de los dos amantes se le había grabado en la retina y el alcohol no dejaba su visión en paz. Su amigo estaba serio. – Esto no vale la pena. Tu fuiste quien eligió observar.-
- Tenía que…- Tartamudeó. ¿Tenía que qué? Ni siquiera sabía bien porque quería verlo todo. Como ella amaba a otro, como ella se entregaba completamente a otra persona. Quizá fuere porque no podía creerlo del todo.

viernes, 24 de agosto de 2012

Martinique.

- If you keep reading all the books Audric offers you, I have the feeling that you are going to become as strange as he is.
- I’m afraid I do not understand.

Of course she knew what her brother was implying. It was just too rude to say it and deep inside her, she hoped that he wasn’t really thinking about it.
- Please sister, don’t play fool with me. You are fifteen now.
- So?
- Well… I’m just saying that you must be very careful, my sweetling. You are almost a full grown woman, and for god's sake you are one of the most beautiful here in this castle.

Martinique sighed. She was so tired of that game.
- You used to be so different.
- Excuse me?

Axell and her had been apart for almost three years. He was thirteen when she last saw him and he used to be kind, funny and so carefree. But this was not the same brother she knew. Now, he liked to be very coy and one had to be particularly careful with every word said. Nothing escaped his eye and his head seemed to never stop scheming something. Everybody loved him though: he never showed that phase to anyone. It was so annoying for her. They would never believe – even if she insisted- that their precious Axell could be so…malicious.

- Yes. You used to be a friend of mine.
- I never was sweetie. I am and always will be your brother.
- I don’t think that one should be so different from the other.
- Well they are. And I have to tell you the truth.
- And what truth is that?
- Well… you know that Audric’s wife is dead. For some time now, almost sixteen years now.
- So?
- He had some bedwarmers yes, but…

She got infuriated. – Axell, I’m not a whore.
He just laughed – It wouldn’t be the first time that someone of the Dulkre family became tangled with a Hyarxen.
- He is thirty years older than me.
- And he never slept with a person from his own family. He is the only royal heir that had wed someone with other blood than his. He might feel a little bit excluded, why couldn’t he start bedding with his first cousin to change his luck
-Enough. – She said raising her voice, blushing. -That’s…. rude.

Her brother’s eyes opened wide. His mouth formed the most stupid little smile while he began to say : - Maybe… could it be that you like him, sissy?
-I…- She stutter.
- Oh… yes, you do. You should, after all, he is a very handsome man.
- Yes but I didn’t…
-You are ambitious.
- I…-She repeated. She didn’t know what to say. – Where are you heading?
- Well my sweet and innocent sister- He started to talk very slow, treating her like a child. He stroke her brunette hair very softly and whispered:- I think that you are the one who could free us from this antique and useless pact that has our families entwined.
- Ferrum pact? Why would you ever…?

It was the first time she saw her brother really angry. He grabbed the book she was reading and threw it out of the window. The broken glass fell to the floor with a horrific sound.

-I’m sick of this stupidity. I’m sick of mourning for members of my family that have to die because of this fervor. And, If you ask me, I do not fancy this whole brother-sister marriage neither.
- Axell, we swore an oath to the Hyarxen family.
- Oh, I did. Young and idiotic as I was, I did. But you did not. You are still too young, and perfectly free.
- I could never…
- Think about it. If you play your cards right… who knows, maybe they will become our servants after all this time. Personally I would like to see Egbert hang from a tree.

What he was saying, his plan, was something like an answer to all her prayers. But she wasn’t so convinced. The work of all her family could be lost.
- Why me?- She asked softly.
- You have all the missing pieces. And Audric… his eyes melt everytime he sees you. He is the key for this.
- His son is my same age, and his daughter is three years bigger.
- So?
- I don’t think he sees me that way.
- He is not stupid Martinique. You are precious, young, and unbearably smart. He has spent his whole weekend’s nights talking to you about books. What kind of grown up does that?
- He is very unusual.
- No, he is not. Everybody might think he is, but he answers to all the natural instincts we all have to.
- Why are you so sure?
He didn’t answer, just smiled and gave her a soft pat on her back.
- You should start wearing tighter dresses to your meetings sissy. You are a very dangerous option for him, but very very tempting. And if he’s as delirious as you are for those storybooks, then he will be fascinated by the turn his life is about to give.